Elogio del esfuerzo: razón o locura

Regresaba de uno de esos ejercicios matinales del verano, sudoroso y cansado, pensando si tenía sentido la sudada que llevaba encima, cuando me acordé de las palabras del doctor Cavadas (“el ser humano es esencialmente vago”) y en conexión simplista –posible desvarío del cansancio- con Parménides y su inmovilidad del ser y por último, en el castigo divino de ganarse el pan con el sudor de tu frente.
Y me pregunté: ¿Por qué tiene tan mala fama el esfuerzo? Reconozcámoslo, admiramos lo que se hace sin esfuerzo. Por ejemplo, admiramos a Nadal, es magnífico; pero la clase de Federer que juega sin aparente esfuerzo, casi sin sudar, nos parece superior.
Admiramos la belleza de lo que surge con facilidad, con naturalidad. Aunque en muchos casos esa apariencia de facilidad no sea más que maestría fruto del talento pero también y mucho, del esfuerzo previo, nos quedamos en el resultado, en la apariencia.
No queremos ver su raíz, su precio, uno de los elementos conformadores: el esfuerzo.
Esta omisión tiene implicaciones que van más allá de impedir la consecución de los objetivos que se persigan en la vida: nos deja al albur de las circunstancias, de la suerte, de elementos externos a nosotros o internos pero limitados. Me explicaré con una anécdota personal.
Durante toda la educación de mis hijos siempre les hemos insistido en que no nos importaban tanto los resultados de sus exámenes, las notas, como el esfuerzo que hubieran puesto en preparar el examen. Sacar un 10 con suerte (habiendo estudiado la mitad de lo necesario pero teniendo suerte en las preguntas que habían caído en el examen) tenía mucho menos mérito que sacar un 8 habiéndose esforzado al máximo.
Esta reflexión paradójica fue aceptada por nuestros hijos hasta su adolescencia. Pero llegó el momento donde apareció el cuestionamiento sobre el sentido de lo que decíamos: “Vale, está bien esforzarse pero al final lo que cuenta, lo único que cuenta, son los resultados. Sin ellos, no vas a ninguna parte”
Había llegado el momento en el que había que desvelar el “truco”, la paradoja o el sentido de nuestras palabras. Y lo hicimos mostrándoles una sencilla ecuación:
Éxito/Resultados = Talento x Esfuerzo x Suerte
Todos estamos de acuerdo en que queremos triunfar, obtener éxito y resultados. Pero también estábamos de acuerdo que esos resultados son el fruto de los tres componentes de la fórmula. Y dos de ellos están fuera de nuestro alcance o gestión: Talento y Suerte.
El talento básicamente lo tenemos en los genes, heredado de nuestros antepasados. Así que démosles a ellos las gracias. Y por cierto, la única forma que se conoce para sacarle el máximo partido al talento, una vez cubiertas las necesidades vitales mínimas, es a través del esfuerzo.
En lo referente a la suerte, es un elemento caprichoso, aleatorio, fuera de nuestro control también. Además, para la mayoría de las personas, en el largo plazo, juega un papel neutro, unas veces nos “favorece” y otras nos “perjudica”. Y en todo caso, ¿qué merito tiene obtener un resultado sin merecerlo?¿Dónde te lleva confiar en ella para conseguir tus metas a largo plazo?
Prefiero tomar la actitud implícita que destila aquella frase de Thomas Jefferson: “Yo creo bastante en la suerte. Y he constatado que, cuanto más duro trabajo, más suerte tengo”
Por lo tanto, tenemos que aceptar que el único elemento sobre el que tenemos un cierto grado de control y que maximizándolo influye o maximiza a los otros dos elementos, es el esfuerzo.
Pero además tiene otra implicación más importante si cabe, y es que depositando sobre él nuestra satisfacción personal, nos permite controlar nuestro estado de felicidad. Tomamos control de nuestra propia vida. No permitimos que ni la herencia, ni la suerte, ni las circunstancias nos afecten profundamente. Es nuestra voluntad la que podemos controlar la que nos dará la estabilidad y satisfacción siempre; y casi siempre también los resultados.
Nos animará a asumir riesgos, a perder el miedo al fracaso. El fracaso, a largo plazo, será no intentar, no esforzarse. Es cierto que en el corto plazo, si erramos en el entendimiento de conocer nuestros talentos, podremos sufrir reveses y contratiempos, pero siempre asumiremos que hemos hecho todo lo que podíamos para obtener los resultados y seremos los dueños del proceso. Y aprenderemos, orientando nuestros talentos y esfuerzos en la dirección más adecuada (pero esto requiere otra reflexión aparte).
Siguiendo la parábola bíblica de los talentos, que nos son dados, tendremos que maximizar los resultados con nuestro esfuerzo: unos para que se lo reconozcan en el más allá, y todos para que nos sintamos felices, satisfechos y orgullosos en el más acá.
Los que integramos la Fundación Dádoris creemos que tenemos que ayudar a los que teniendo talento extraordinario y habiendo demostrado que han puesto todo el esfuerzo en obtener resultados magníficos hasta la fecha, no vean obstaculizada su progresión por la falta de medios económicos o de orientación profesional. Personalmente nos hace sentir bien, pero también creemos que sólo apoyando a estas personas podremos construir una sociedad justa y sostenible en sus niveles de bienestar.

Sobre Pedro Alonso Gil