¿Sigue siendo la educación superior un ascensor social?

Todos los que pasamos de los 40 (y alguno más joven), recordamos la película *La gran familia* y el sueño y desvelos del padre aparejador por ver a su hijo convertido en arquitecto. Ese era también el sueño de las todas las familias desde los años 60, tener hijos universitarios. Y parece que el sueño se ha cumplido cuando se leen estadísticas de que casi un 50% de los jóvenes actuales (47% para ser precisos) han accedido alguna vez a la educación superior.
(Datos de la Universidad en cifras 2015-16).

También es cierto que la crisis y ciertos ejemplos/comentarios puntuales (“mira ese: licenciado y trabajando en una hamburguesería” o “Con dos masters y se ha tenido que ir a Londres a trabajar de camarero”) ha generado ciertas dosis de escepticismo sobre el retorno que tiene la educación superior que tenemos que combatir con datos.
Así, los niveles de desempleo por nivel educativo en España son absolutamente demoledores: un 8,7% de los universitarios están en paro frente al 15,3% del mercado en general y un 43,7% de los analfabetos o de un 30% aproximadamente de los que han cursado estudios primarios en España (Datos El Mundo 20/08/18). También en la OCDE se repite la estadística: un 4,9% de desempleo entre universitarios frente al 13% de los no universitarios. (UC 2015/16).

Y si este dato de foto fija es claro, la tendencia es todavía más clarificadora: desde 2008 hasta 2017 se han creado 1.176.900 empleos para trabajadores con titulación superior, mientras que en ese periodo la economía española ha destruido 2.996.300 empleos con requisitos formativos inferiores. (UC 2015/16)
Pero no es solo que el desempleo sea menor, sino que los niveles de renta diferenciales entre universitarios y no universitarios en España son también evidentes y muy considerables. Si partimos de un nivel de renta medio de 100, los universitarios en España estarían en 140 frente a los no universitarios que estarían en 80. La media en la OCDE todavía es más diferencial 148 vs 80 y si se toma como referencia tener un master o un doctorado llega hasta 191 (Education at a glance 2016. Tabla A6.1. OECD)

Por lo tanto, uno de los elementos del planteamiento inicial es cierto: la educación superior abre las puertas a un nivel de empleabilidad y renta superior.
Pero nos queda por ver otro elemento clave en la formulación: ¿Pueden los jóvenes procedentes de familias con rentas más bajas acceder en igualdad de oportunidades a esta educación superior? ¿Les estamos ayudando a que puedan hacerlo?
Para ello tenemos que ver cómo ha evolucionado la principal (aunque no única) herramienta para ayudarles, las becas. Especialmente en una época de crisis como la que se ha vivido en España en los últimos 10 años, desde el 2008. Y las conclusiones son negativas. La crisis ha perjudicado especialmente a este grupo y las reducciones en las ayudas han sido muy significativas. A saber:

  • La dotación per cápita (excluyendo la ayuda de compensación de precios públicos) se ha reducido un 23,48%, de 2.331 a 1.748 €. (UC-2015/16)
  • Si nos centramos en los becarios de menor capacidad económica (umbral 1: familias con ingresos anuales per capita menores a 3.450 euros), la reforma ha reducido a menos de la mitad (49,5%) el importe de la ayuda concedida (UC-2015/16).
  • Y aunque es cierto que en los últimos presupuestos (2018/19) se está intentando revertir dicha situación, ni se han aprobado ni hemos sido conscientes del impacto que esta década de crisis ha tenido en el colectivo más sensible.

Porque hay que dejar claro que las becas, para el colectivo del Umbral 1, tienen que compensar el precio de la matrícula, por supuesto, pero también han de procurar que el alumno becario pueda hacer frente a las necesidades de alojamiento, desplazamiento, manutención y material escolar y si fuera necesario, apoyar con una renta mínima a percibir por la unidad familiar del alumno becario. Eso sí, con la debida exigencia de rendimiento académico que no sea simplemente pasar de curso. Solo así podremos hacer compatibles, de verdad, equidad y excelencia. Y en eso está la Fundación Dádoris: en ayudar y concienciar de la necesidad de dicho apoyo.
Y si alguien tiene dudas que en España tenemos este problema, vendrá bien recordar la siguiente estadística sobre la probabilidad de alcanzar una titulación superior en función de la familia de la que se procede (Panorama de la Educación. Indicadores de la OCDE. 2017. Informe España):

  • Un 20,4% de los adultos de 30 a 44 años logra esta titulación superior si ninguno de sus padres logró una titulación superior, un 63,5% lo logra si al menos uno de sus padres es titulado superior. O sea, una diferencia de 43,1 puntos.
  • Las diferencias en países nórdicos, como en Suecia y Finlandia, con 24,2 y 24,6 puntos de diferencia, respectivamente y en Japón, con 24,9 puntos de diferencia, son mucho menores.

La genética tiene su influencia, por supuesto, pero los tres ejemplos anteriores nos demuestran que no tanto. Y si tomamos un ejemplo de un entorno muy competitivo, como puede ser el del deporte en general o el fútbol en particular, veremos confirmadas nuestras hipótesis: ¿Cuántos jugadores de fútbol en primera y segunda división de la liga española han tenido padres futbolistas de su mismo nivel? Una minoría.
Los estudiosos de la economía reiteran sistemáticamente que la educación es la palanca más relevante para favorecer la movilidad, el ascenso en la escala social. Por lo tanto, no solo es un tema de justicia que todos los que tienen talento y capacidad (y en especial, los que tienen un mérito extraordinario) puedan alcanzar los niveles educativos máximos, sino que es de necesidad económica para que nuestro país siga estando entre los países desarrollados gracias al esfuerzo y contribución de sus ciudadanos con más capacidad.

Desde la Fundación Dádoris hacemos nuestro el mensaje final de Matthew Stewart en su artículo The Birth of the New American Aristocracy de la revista The Atlantic edición de junio del 2018:

Deberíamos luchar por dar oportunidades a los hijos de los demás como si el futuro de nuestros propios hijos dependiera de ello. Y probablemente sea así.

Sobre Pedro Alonso Gil