Calidad de y en la educación

El interés por la calidad de la educación ha sido algo constante prácticamente desde el comienzo de la misma y, desde luego, cuando la misma se institucionaliza a finales del siglo XVIII.

En todo caso, no será hasta la última década del siglo pasado cuando el interés por sistematizar actuaciones de calidad y reflexionar sobre la idea y los conceptos de calidad en y de la educación empiecen a tener carta de naturaleza en el sentido en el que hoy lo consideramos.

Tanto las administraciones como los propios centros e instituciones educativas en general empiezan a asumir determinadas políticas, planteamientos, reformas, etc., con el horizonte de la mejora y la calidad de los propios centros, los servicios que ofrecen y del personal que los administra.

La necesidad de tener información sobre el retorno de la inversión, el grado de consecución de los logros y metas establecidas, así como la satisfacción de los usuarios y clientes (internos y externos) ha ido orientando a unos y a otros a una opción por la excelencia y la mejora continua y a profundizar en este tema que se presenta con una notable dimensión poliédrica, cuando no polémica.

La calidad de y en la educación afecta a la propia esencia de la educación y además está acompañada de múltiples significados que al respecto circulan en nuestra sociedad y, de alguna manera, está dando lugar a un nuevo concepto de centro educativo.

Pero ¿qué podemos entender por calidad en este sentido? La noción de calidad es en sí misma muy compleja. Parece relativamente asentado este concepto en el ámbito empresarial dado que se maneja con estándares más o menos precisos, pero en el ámbito educativo intervienen aspectos como el problema del estilo cognitivo–perceptivo de las diferentes personas y actores (alumnos, profesores, padres, administración, etc.)

Por un lado, está la acepción de calidad que se estima —o tiene en cuenta— de acuerdo con las necesidades y expectativas que se exigen en función de los intereses o motivaciones de los implicados; y por otro el propio concepto de calidad que tiene cada uno, dado que no está establecido de manera unívoca e inequívoca.

Como resultante de lo anterior podemos decir que ni todos interpretan el concepto de calidad de la misma manera, ni pretenden lo mismo cuando se refieren a la idea de calidad.

El diccionario de la Real Academia de la Lengua Española otorga al término de ‛calidad’ dos acepciones:

  1. a) «Propiedad o conjunto de propiedades inherentes a una cosa, que permiten apreciarla como igual, mejor o peor que las restantes de su especie».
  2. b) «Buena calidad, superioridad o excelencia».

Con este punto de partida podríamos decir que, en un caso (el primero), unos docentes van a ser, pueden ser o deben ser comparados con otros (aun aceptando que intervienen en contextos dispares); mientras que por otro lado, más próximo a la segunda acepción, el docente se puede convertir en referente de sí mismo dado que todos podemos y debemos pretender a cotas mayores de calidad.

Podemos afirmar que lo que late en el fondo de estas disparidades que venimos señalando está en diferenciar claramente entre fines y objetivos de una parte; y recursos de otra. Y todo lo anterior de la evaluación de los resultados.

La «calidad de la educación», por tanto, tiene que ver más con aspectos filosóficos que pedagógicos, se refiere más a la concepción del hombre y del mundo y, por tanto de los sistemas educativos que se diseñen alineados con esa visión, lo que, de alguna manera, afecta a los medios, recursos y modo de evaluación. Esto nos abre a horizontes de amplio calado, como por ejemplo, una reflexión profunda sobre qué es la educación, y de ahí aspectos relacionados con la integridad, la coherencia o la ética. Son caminos que apuntamos pero por lo que nos transitaremos en este momento.

La «calidad en la educación» tiene que ver con la calidad de los recursos, en el conjunto de elementos que contribuyen a la consecución de los logros fijados por los fines y objetivos. Estrechamente relacionada con los recursos y elementos que conducen a los fines establecidos hace referencia, también a cuestiones como la eficacia y la eficiencia y, naturalmente, la evaluación de los resultados.

En Dádoris nos focalizamos más en aspectos relativos a la «calidad en la educación» pero no dejamos atrás otras reflexiones… («como muestra un botón») que pretenden señalar a quienes confían en nosotros que cuanto hacemos lo hacemos con criterio, con reflexión y con objetivos perfectamente claros y definidos. Esta Fundación ha sido capaz de reunir personas de distintos ámbitos y entornos, lo que otros dirían «de amplio espectro» que dan garantía de ello.

La calidad de algo, en este caso relacionado con la educación, es algo que afecta a su propia esencia. Si consideramos que algo es de calidad estamos reconociendo que podría no serlo. No solo afecta a su propia esencia, sino que alude o apunta al futuro, al «poder ser» y está presente la idea de comparación, lo que implica una referencia a alguna norma o a algunos criterios.

De estas reflexiones surgen otras consideraciones. Los criterios de comparación están condicionados por aspectos culturales, políticos o ideológicos. De tal manera que la calidad de o en la educación es algo que afecta a su propia esencia, orienta al futuro y se desarrolla en el marco de determinadas comparaciones dependientes de ideologías, políticas o culturas del momento.

Así la calidad de y en la educación es distinta en función, por ejemplo, de la concepción curricular subyacente.

Y probablemente, esto nos llevaría a otros espacios de reflexión… los políticos podrían decir al respecto: «hoy no toca».